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LA FELICIDAD CAMINA HACIA ADELANTE


Es claro que existen las excepciones... sin embargo el ser humano, por naturaleza, tiende a buscar la felicidad ahí donde resulta más elusiva que nunca: en su pasado. Y daría la impresión de que la mayoría corremos el riesgo de caer en las trampas del recuerdo. 



   ¿Quién no ha sentido la tentación, alguna vez,  de revivir ciertos aspectos de su infancia? Aún en los casos más extremos es difícil pensar en una persona que no desee asomarse al baúl de la memoria y rescatar del fondo alguna joya preciada: tal vez la magia de sentir cómo fuimos en otra época; o nuestra capacidad de crear mundos con muy pocos elementos y volver a jugar con esos compañeros cuyos rostros se desvanecieron con el tiempo. La evocación de lugares, sabores, atmósferas imposibles de recrear en nuestro momento actual, muchas veces despierta en nosotros la tentación de regresar a lo que tal vez algunos llamarán ‘el periodo más feliz de su vida’. 

   Pero, ¿es así realmente? ¿Cómo se puede reconstruir con detalle la sensación que nos provocó el ayer cuando la vida ha continuado avanzando y con ella nuestra experiencia? 

   Recuerdo que tenía apenas cuatro años cuando mis padres me llevaron al parque de Disneylandia. Si los adultos pueden despertar su asombro ante la magia escenográfica del lugar, sobra decir que un niño es capaz de quedarse atónito ante la fábrica de ilusiones que impera en el llamado Reino Mágico. Entre esa infinidad de estímulos, tal vez una de las cosas que en lo personal me agradó más fue lo que me pareció un enorme castillo donde una joven durmiente se encontraba bajo la influencia de un prolongado sueño. 

   Pasaron los años y tras incontables experiencias pude al fin regresar a aquel Reino. Tal vez como el príncipe del cuento, hube de enfrentar dragones (mis propias dudas y temores), un bosque de espinas (los retos de la vida cotidiana) y, finalmente… ahí me encontraba de nuevo, frente a una construcción que, sin embargo, no me creó el impacto que yo anticipaba. Este parecía otro castillo; uno más bien enano, poco impresionante, que hacía guiños a mi simpatía pero estaba lejos de conmoverme con esa sensación de grandeza  que había permanecido en mi mente durante mucho tiempo. Claro, lo sabemos todos: el monumento no era más pequeño…  lamentablemente, yo había crecido: un hecho irreparable y con él, la magia del castillo había pasado a un segundo plano. 

   “Pero esto no es lo que yo recordaba, esto no es lo que yo vi”, solemos decir quienes nos atrevemos a intentar reproducir de manera exacta las experiencias del pasado. A lo mucho, en ocasiones logramos que llegue el perfume distante de la reminiscencia, apenas una brisa de la impresión original. En el mejor de los casos esto puede derivar en una nostalgia indefinible… la noción de que algo falta a la reconstrucción de los sentidos; el novelista Marcel Proust lo denominaría ‘El tiempo perdido’.  
Yo me pregunto: ¿es de verdad una mala señal el caer en las trampas del recuerdo? No necesariamente. Quizá lo que no debemos olvidar, en esencia, es que la felicidad tantas veces anhelada no está restringida por las vagas escenografías fronterizas de las épocas pasadas.  En verdad… nuestra felicidad cuenta con dos piernas  – las nuestras – que le pueden llevar a pasear en cualquier momento y a todo lugar. 

   No existe una edad en particular para disfrutar de los placeres y asombros que la vida nos ofrece. Si acaso nos negamos a encontrar la misma maravilla que sugiere el ayer en este preciso instante, tal vez se deba a las distracciones más recientes que exigen nuestra atención a diario;   quizá estemos demasiado entregados a nuestras preocupaciones y busquemos compensar el stress de la modernidad con la idealización de ese ‘otro momento’. 

   ¿Será que hemos olvidado los retos de la infancia? De pequeños nos sometemos a un estricto régimen que tiende a interrumpir las fantasías: la imposición del mundo adulto se deja ver en la delimitación de nuestro campo de juego: un lugar de supuesta protección pero lleno de obstáculos y a veces auténticos peligros. Dudo que muchos deseen recordar la tremenda vulnerabilidad de los primeros años sobre la Tierra. Pero están ahí: caóticos, en ocasiones dañinos o tristes. Los adultos olvidan para sobrevivir pero buscan su alma en el jardín de niños para vivir.  
Si acaso aprendemos que esta felicidad, aparentemente esquiva, sólo camina hacia adelante… tal vez elijamos acompañarla o permitirle que nos acompañe: a todos los eventos que están sucediendo ahora y a los que, muy probablemente, deseemos regresar con un dejo de nostalgia un poquito más tarde. 

Alex Slucki 
 

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